jueves, julio 18
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El embrujo de la tierra y de su gente. El escenario de Fátima lleva el nombre de don Lázaro Flury, un investigador inefable, que contribuyó  grandemente  al estudio del folklore y del ser americano.

Los 30 años del Festival Folklórico de Fátima estimulan para recordar una vez más a la figura sanjorgense cuyo nombre lleva el escenario: Lázaro Flury, un soñador y amante de la tierra profunda y de la poesía,  conocedor de mitos y leyendas americanas y de la simbología de nuestra arqueología.

En efecto, desde San Jorge, adonde había venido a radicarse cuando joven, Flury desplegó una vasta tarea cultural por todo el país y aún en el extranjero.

“Y comencé a aprender folklore, adherido a la tierra y pegado a su gente”.  Así describe don Lázaro Flury su entrada al mundo que lo cautivó y para el que trabajó toda su vida: el folklore. Cuenta que estudió los patrimonios populares “donde vibraban los sentimientos y las aspiraciones más profundas de la gente simple, que sin poseer nada, ofrecían el tesoro de sus cantos, de sus versos y sus leyendas”

Flury fue docente y periodista y además un gran investigador y escritor.  En su rica trayectoria, organizó centros de estudios, enseñó danzas, dictó charlas, formó conjuntos folklóricos, recorrió diversas formas de arte y, desde luego, publicó libros, de gran envergadura para el conocimiento de nuestra historia.  Estudió y divulgó la cultura de los pueblos indígenas de Sudamérica, reivindicando su importancia en la formación de estas naciones. Supo ver y comprender a los pueblos originarios, y defenderlos con acciones concretas.

En estos 30 años del  Festival de Fátima, que iniciaran en su momento un grupo de  vecinos entusiastas, bueno es recordar el hermoso homenaje que la Comisión de este festival le hizo a don Lázaro, poniéndole su nombre al escenario, acto al que asistió el propio Flury. Emocionado y humilde, lo imaginamos, al querido profesor, sintiendo ese más que merecido reconocimiento de su pueblo. Y ahora, entre medio de trajes típicos de los bailarines, de la comida criolla, de voces y guitarras, en medio, digo, de estas manifestaciones folklóricas, aparecen en mi imaginación sus ojos de niño, en los campos de Wildermuth, mirando a los braceros que llegaban de provincias vecinas para las cosechas de trigo y maíz, tal cual lo cuenta él. Todo esto le abrió “el misterioso embrujo de la tierra y sus cosas”, según sus  palabras. Ahí está el folklore, don Lázaro. Usted nos sigue enseñando. Ahí está el folklore, “adherido a la tierra y pegado a su gente”.

Por Marta Bruno